Tratar la soledad como una epidemia impide soluciones adecuadas

¿Será verdad que la soledad es, como muchos especialistas y funcionarios advierten, una creciente “epidemia de salud”? El sociólogo y estudioso de esta realidad estadounidense Eric Klinenberg, cree que, si se siembra el pánico sobre su prevalencia e impacto, es menos probable que lidiemos con ella de manera adecuada, según explica en este artículo escrito en ‘The New York Times’. 

Tratar la soledad como una epidemia impide soluciones adecuadas

Eric Klinenberg en ‘The New York Times’

El mes pasado, el Reino Unido nombró a su primera “ministra contra la soledad”, quien se encargará de atender lo que la primera ministra Theresa May definió como “la triste realidad de la vida moderna”. Inmediatamente, los funcionarios de salud pública alabaron la idea.

En las últimas décadas, los investigadores han descubierto que, si no se trata, la soledad no solo es físicamente dolorosa, sino que también puede tener graves consecuencias médicas. Los estudios epidemiológicos han vinculado la soledad y el aislamiento social con las cardiopatías, el cáncer, la depresión, la diabetes y el suicidio. Vivek Murthy, quien fue la máxima autoridad sanitaria de Estados Unidos, ha escrito que la soledad y el aislamiento social están “asociados con una reducción de la expectativa de vida similar a la causada por fumar quince cigarrillos al día e incluso mayor a la que se asocia con la obesidad”.

¿Será verdad que la soledad es, como muchos especialistas y funcionarios advierten, una creciente “epidemia de salud”? No lo creo y tampoco considero que describirla así pueda ayudar a nadie. La falta de conexión social es una cuestión seria, pero si creamos pánico sobre su prevalencia e impacto, es menos probable que lidiemos con ella de manera adecuada.

La ansiedad sobre la soledad es una característica común de las sociedades modernas. En la actualidad, parece que existen dos causas principales de soledad. Una es que las sociedades de todo el mundo han adoptado una cultura de individualismo. Hoy existen muchas más personas que viven solas y envejecen en soledad. Las políticas sociales neoliberales han convertido a los trabajadores en precarios agentes libres, y cuando el trabajo desaparece todo se derrumba rápidamente. Los sindicatos, las asociaciones civiles, las organizaciones vecinales, los grupos religiosos y otras fuentes tradicionales de solidaridad social están en constante declive.

La otra causa posible es el ascenso de la tecnología de la comunicación que incluye a los teléfonos móviles, las redes sociales e internet. Hace una década, empresas como Facebook, Apple y Google prometían que sus productos ayudarían a crear comunidades y relaciones significativas. En lugar de eso, hemos utilizado el sistema de las redes sociales para profundizar divisiones ya existentes, tanto a escala individual como grupal. Podemos tener miles de amigos o seguidores en Facebook e Instagram, pero en lo que respecta a las relaciones humanas, resulta que no hay nada que sustituya al viejo método de construirlas en persona.

Ante estas dos tendencias, es fácil creer que estamos experimentando una “epidemia” de soledad y aislamiento. Sorprendentemente, los mejores datos disponibles no muestran picos drásticos ni en soledad ni en aislamiento social.

La evidencia principal para el aumento del aislamiento proviene de un artículo de una revista de sociología al que se le ha hecho mucha referencia y que sostiene que, en 2004, uno de cada cuatro estadounidenses no tenía a nadie en su vida en quien sintiera que podía confiar, en contraste con uno de cada diez durante la década de los ochenta. No obstante, resulta que ese estudio está basado en datos incorrectos y otras investigaciones muestran que la proporción de estadounidenses sin alguien de confianza es aproximadamente la misma desde hace mucho tiempo. Aunque uno de los autores se desligó del artículo (declaró que ya no es confiable), los estudiosos, periodistas y encargados de las políticas continúan citándolo.

Los otros datos sobre la soledad son complicados y a menudo contradictorios, en parte porque hay muchas maneras de medir el fenómeno. No obstante, está claro que las estadísticas sobre la soledad que citan quienes hablan de una epidemia son atípicas. Por ejemplo, un conjunto de estadísticas proviene de un estudio que definía como personas solitarias a aquellas que decían sentirse “excluidas”, “aisladas” o “faltas de compañía” —incluso solo una “parte del tiempo”—. Ese es un umbral excesivamente bajo y ciertamente no es el que queremos que utilicen los médicos ni los encargados de las políticas públicas.

Una razón por la que debemos ser cuidadosos sobre cómo medimos y respondemos a la soledad es que, como argumenta el psicólogo John Cacioppo de la Universidad de Chicago, un sentimiento ocasional y transitorio de soledad puede ser saludable y productivo. Es una señal biológica de que necesitamos establecer vínculos sociales más fuertes.

Cacioppo ha pasado gran parte de su carrera documentando los peligros de la soledad, pero es notable que él se apoya en estadísticas más mesuradas al escribir sus artículos científicos. Uno de sus trabajos, publicado el año pasado, informa que cerca del 19 por ciento de los estadounidenses mayores dijeron que se habían sentido solos gran parte de la semana antes de la encuesta y que en el Reino Unido casi el seis por ciento de los adultos dijeron que se sentían solos todo o la mayor parte del tiempo. Esas son cifras alarmantes, pero son bastante similares a las reportadas en el Reino Unido en 1948, cuando cerca del ocho por ciento de los adultos mayores dijeron que se sentían solos a menudo o siempre, y también a las de estudios estadounidenses previos.

Cacioppo es uno de los mayores defensores de un mejor tratamiento para la soledad. Sin embargo, tal como él ha escrito: “Llamarla epidemia de soledad supone el riesgo de que se le relegue a las columnas de consejos”.

En particular, exagerar el problema puede dificultar que nos enfoquemos en las personas que necesitan más ayuda. Cuando el Reino Unido anunció su nuevo ministerio, los funcionarios insistieron en que todos, jóvenes o viejos, están en riesgo de estar solos. No obstante, las investigaciones señalan algo más específico. En países como Estados Unidos y el Reino Unido, son los pobres, los desempleados, los desplazados y las poblaciones migrantes quienes sufren más por soledad y aislamiento. Su vida es inestable, al igual que sus relaciones. Cuando se sienten solos, son los menos capaces de conseguir apoyo médico o social.

No creo que estemos viviendo una epidemia de soledad, pero sí que millones de personas sufren por la falta de conexión social. Ya sea que cuenten o no con un ministerio para la soledad, merecen más atención y ayuda de las que les ofrecemos hoy en día.

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Datos sobre soledad y personas mayores en España

• España es uno de los países de la Unión Europea con cifras más altas de personas mayores y la tendencia de envejecimiento continuará en los próximos años.

• Las personas mayores de 65 años representan el 18% de la población en España (más

de 8 millones de personas, según el Padrón Municipal de 2013).

• El aumento de personas mayores de 85 años por cada 100 personas entre 45 y 65 años indica que cada vez habrá menos recursos familiares para apoyar a una cifra tan alta de personas mayores

• La edad aumenta la probabilidad de vivir en soledad, especialmente entre las mujeres.

• Más de un millón y medio de personas mayores viven solas en España (1.805.600, el 22% del total de mayores), de estas un 27% son hombres y un 73% mujeres.

• Una de cada cuatro mujeres entre 75 y 84 años vive sola.

• Aunque vivir solo no significa sentirse solo, según la Encuesta de Condiciones de Vida de las Personas Mayores 2006 (IMSERSO‐CIS), un 59% de las personas mayores que viven solas han expresado tener sentimientos de soledad y aislamiento).

• La encuesta sobre personas mayores (IMSERSO, 2010) señala que el 21% de las personas mayores pasan el día fundam

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