Cómo manejar la ira infantil

Itxaso Troyas

Psicóloga infantojuvenil

La ira es una reacción emocional básica e instintiva que todos sentimos. A pesar de que suele considerarse negativa, en realidad se trata de una emoción muy útil y necesaria, del mismo modo que lo son el resto de las emociones primarias. Sin embargo, no siempre nos beneficia en función de cómo reaccionamos cuando la vivimos y según la intensidad con la que la sentimos.

Cómo manejar la ira infantil

Es importante darnos cuenta de que esta emoción siempre surge por alguna causa concreta ya sea externa al niño como, por ejemplo, porque no le dejan jugar a lo que él quiere, o interna, como el hecho de pensar que sus padres quieren más a su hermano.

Lo más relevante es que la ira aparece cuando nos sentimos amenazados, cuando no conseguimos nuestro objetivo o cuando no logramos satisfacer un deseo. Pero, ¿por qué sentimos enfado? ¿Nos ayuda en algo? La respuesta es sí. La ira nos mueve a la acción: ayuda a defendernos, a superarnos y a poner nuestros límites. Por lo tanto, la ira es adaptativa y necesitamos expresarla de alguna manera.

Sin embargo, no siempre nos beneficia en función de cómo reaccionamos cuando la vivimos y según la intensidad con la que la sentimos. ¿Existen maneras adecuadas para expresar el enfado? ¿Cómo podemos ayudar a los más pequeños a gestionar esta emoción de forma adecuada?

Instintivamente, cuando nos enfadamos el cuerpo se prepara para defenderse: aumenta nuestra activación fisiológica, sentimos el impulso de atacar y no pensamos con claridad. En la infancia tenemos menos control de los impulsos por lo que el proceso se complica. En ocasiones el enfado hace actuar a nuestro hijo de manera agresiva o descontrolada por el simple hecho de que no han aprendido otra manera de expresar la ira. La solución no es ignorar ni reprimir ningún sentimiento, sino enseñarle que existen maneras alternativas de expresar su enfado con consecuencias mucho más beneficiosas para todos.

¿Cuáles son las pautas para ayudarle?

Debemos nombrarle la emoción para que aprenda a identificarla (“parece que estás muy enfadado”) y a detectar las primeras señales. Debemos explicarle que tiene derecho a sentir cualquier emoción, pero no puede admitirse cualquier comportamiento.

Hay que ayudarle a relativizar su problema, analizando juntos cómo de grave es la situación y con qué intensidad está sintiendo ese enfado. Tiene derecho a estar enfadado, pero sin traspasar los límites

Ante sus expresiones de ira poco adecuadas, debemos reaccionar con calma. En el momento en el que suceda una “explosión” de enfado es preferible dejar que se calme primero. Después, se le puede ayudar a que reflexione sobre la causa de su enfado y sobre las consecuencias que pueden tener ciertas reacciones en los demás y en sí mismo. También ayuda hablar sobre qué puede hacer la próxima vez y facilitarle alternativas. Y, sobre todo, no enfadarse con él precisamente porque se haya enfadado. Es preferible reaccionar con tristeza más que con ira, pues ver a alguien triste predispone a sentir cierta empatía y a ayudar a esa persona.

Estrategias para calmarse y solucionarlo

Se le pueden enseñar distintos tipos de relajación a modo de juego (ser como un globo, soplar velas, imaginar oler una flor, pasar de robot a muñeco de goma, etc.) o diversas frases y estrategias que le ayuden a calmarse, tales como contar hasta diez, ir a otro lugar unos minutos, pensar en imágenes relajantes o distraerse haciendo algo que sea de su agrado.

Además de reducir las reacciones no adecuadas y enseñarle a relajarse, es imprescindible transmitirle cómo sí se debe actuar, por ejemplo, comunicando asertivamente “estoy enfadado, no me molestes ahora, por favor” o “me gustaría que jugases más conmigo”. Cada vez que logre manejar el enfado, hay que elogiarle y felicitarle, para que sepa que eso es lo que se desea que haga.

Una vez identificada, reconocida y expresada su emoción, si es algo que está en su mano, puedes ayudarle a pensar en cómo es posible arreglarlo. Es cierto que en ocasiones no podremos evitar o cambiar las circunstancias que nos rodean, pero siempre podremos aprender a controlar cómo reaccionamos ante ellas.

Si mantienes el control y comunicas lo que te enfada de manera asertiva y respetuosa, le estarás demostrando a tu hijo que es posible y que da resultado. En alguna ocasión en la que no se haya logrado este control, es preferible reconocer el error y pedir disculpas.

Debemos acostumbrarle a experimentar frustración y no ceder a todos sus deseos. Es mucho más positivo que evitarle dichas situaciones constantemente. De esta manera, podrá aprender a detectarla y manejarla. Si no suele experimentarla, en cambio, cuando ocurra no sabrá qué hacer o pensará que enfadándose mucho conseguirá lo que quiere, dejará que la ira le gobierne.•

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