Un sueño reparador, garantía contra la demencia

Dormir poco y mal pasa factura y una de las funciones esenciales que se ven alteradas es la memoria. Mantener unos buenos hábitos desde la infancia es el mejor pasaporte hacia una vejez saludable.

Un sueño reparador, garantía contra la demencia

Cada vez se conoce mejor cómo funciona el sueño y en qué aspectos juega un papel más relevante. Uno de ellos es la memoria, que es el objeto de estudio de Susanne Diekelmann, de la Universidad de Tubinga (Alemania). "La consolidación de la memoria es uno de los cometidos más importantes del sueño", asevera. Tanto es así, que se cree que dormir bien podría proteger frente a la enfermedad de Alzheimer y otras demencias.

"Hay estudios que muestran una asociación entre degeneración cerebral, sueño y memoria en enfermedad de Alzheimer", señala la investigadora". Además, sabemos que en la demencia siempre hay disfunciones del sueño. Estos pacientes no duermen toda la noche y tienen un sueño con muchas interrupciones".

Un dato relevante es que los afectados por demencias tienen muy poco -y a veces nada- sueño de ondas lentas o profundo, que es cuando tiene lugar la consolidación de la memoria. "Creemos que esta podría ser una de las razones de las disfunciones de memoria en estos pacientes. Esperamos que nuestros métodos para mejorar el sueño puedan utilizarse para ayudar a prevenir estas alteraciones cognitivas", añade.

Intervención precoz

No obstante, matiza que, seguramente, esa intervención tendrá que realizarse de forma precoz porque, "una vez que se ha producido la neurodegeneración cerebral, es muy difícil revertirla. Hemos intentado hacerlo en pacientes con demencia, pero no vimos ningún beneficio porque, probablemente, una vez que se desarrolla la neurodegeneración, las áreas cerebrales afectadas no son capaces de volver a producir el sueño de ondas lentas".

La investigadora concluye que, puesto que el sueño empeora a medida que envejecemos, "deberíamos centrarnos en mejorarlo para prevenir el deterioro cognitivo". La cuestión es cómo afianzar ese descanso reparador. Hoy por hoy, los dispositivos de estimulación eléctrica que emplean Diekelmann y otros investigadores para favorecer el sueño de ondas lentas no están comercializados para uso domiciliario.

Prevenir desde la infancia

El pediatra Dennis Rosen, de la Escuela de Medicina de Harvard y del Hospital Infantil de Boston (Estados Unidos), resalta que estos buenos hábitos del sueño deben instaurarse desde la infancia. "En los últimos años se han acumulado las evidencias de que los trastornos del sueño que se presentan en la infancia pueden tener efectos que persistan en la edad adulta". Este experto confiesa que no se sabe bien cuál es el punto de no retorno a partir del cual la privación de sueño tiene efectos definitivos, pero "se ha observado que, si no se interviene, en niños de entre 6 y 12 años ya se puede apreciar daño cerebral irreversible".

La genética

Otro ámbito importante de la investigación sobre el sueño es el dedicado a la genética. Paul Franken, del Centro de Genómica Integral de la Universidad de Lausana (Suiza), ha presentado en el simposio una serie de estudios que demuestran que una supresión de sueño del 50 por ciento puede llegar a alterar hasta el 80 por ciento del transcriptoma, es decir, del conjunto de genes que se están expresando en un momento dado en una célula. Tal y como destaca este investigador, "estos cambios genéticos demuestran que los efectos de un sueño insuficiente en nuestro sistema genético son mucho mayores de lo que sabíamos hasta ahora".

Por otro lado, la genética ayuda a explicar cuestiones como por qué algunas personas necesitan dormir menos o son más resistentes a la falta de descanso.

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El cerebro pone en orden el almacén de recuerdos

Durante las horas de sueño la memoria hace turno de limpieza. A lo largo del día, las personas retenemos gran cantidad de información. El cerebro crea o modifica las conexiones neuronales a partir de esos datos, elaborando recuerdos. Pero la mayor parte de la información que recibimos es irrelevante y no tiene sentido que se conserve.

Hasta ahora han existido dos hipótesis sobre cómo el cerebro dormido modifica las conexiones neuronales creadas a lo largo del día: mientras una defiende que todas ellas se refuerzan durante las horas de sueño, la otra sostiene que su número se reduce.

Un grupo de científicos del laboratorio de Ole Paulsen, en la Universidad de Cambridge (Reino Unido), ha analizado los mecanismos que subyacen al mantenimiento de la memoria durante la fase de sueño de ondas lentas –en la que hay un descanso profundo–.

“Dependiendo de las vivencias de una persona y en función de su relevancia, el tamaño de sus correspondientes conexiones neuronales cambia. Son mayores las que guardan información importante y menores las que almacenan la prescindible”, explica a Sinc Ana González Rueda, autora principal del estudio e investigadora del MRC Laboratory of Molecular Biology (LMB) en Cambridge.

Según la experta, en el caso de que todos estos vínculos se reforzasen por igual durante el sueño, el cerebro se saturaría por una sobreexcitación extrema del sistema nervioso.

Los resultados muestran que, durante el sueño de ondas lentas, las conexiones más grandes se mantienen mientras que las menores se pierden. Este mecanismo cerebral mejora la relación señal-ruido –permanece la información importante y se desecha la prescindible– y permite el almacenamiento de varios tipos de información de un día a otro sin perder los datos anteriores. Es decir, los que ya se han considerado relevantes anteriormente se mantienen en ese estado sin tener que volver a reforzarlos.

Según González Rueda, el cerebro “pone orden” durante las horas de sueño, descartando las conexiones más débiles para asegurar recuerdos más fuertes y consolidados.

“Aunque el cerebro tiene una capacidad de almacenamiento extraordinaria, mantener conexiones y actividades neuronales requiere mucha energía. Es mucho más eficiente mantener solo lo necesario”, afirma la experta. “Incluso sin mantener toda la información que recibimos, el cerebro gasta el 20% de las calorías que consumimos”.

 

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